Archivo de la categoría: Literatura colonial hispanoamericana

Una visión general de y crítica a la literatura hispanoamericana durante la colonización española en América Latina.

El Periquillo Sarniento (Parte II)

El periquillo sarniento, José Joaquin Fernández de Lizardi

El periquillo sarniento, José Joaquín Fernández de Lizardi

Lizardi ofrece una fuerte crítica a Nueva España cuando el Periquillo se encuentra en una isla, en el cual el virrey es un chino, indicando al lector que se trata de un país lejano, exótico, hasta tal vez extraño, donde las cosas no son como de donde proviene nuestro malévolo personaje principal. Es una isla con una forma de gobierno bastante avanzada, porque se destaca su buena organización y fuertes lazos sociales. No por nada el virrey chino se refiere a Periquillo como «europeo» ya que el gobierno instalado en América proviene de Europa occidental, así que no necesariamente está criticando a los indígenas, los cuales fueron los oprimidos durante la Conquista, la colonización española de América.

El virrey toma la postura de una especie de utilitarismo: el chino implica que su forma de gobernar causa mucha felicidad entre los ciudadanos y actúa de manera pragmática (según él). Por ejemplo, todos los ciudadanos son iguales bajo la ley y cada uno de ellos debe trabajar para ganarse la vida. Cada individuo trabaja de lo que sabe hacer, y si no sabe hacer nada, el gobierno le enseña un oficio generalmente de labor manual. Irónicamente, Lizardi indica que como Periquillo no es útil, ya que no tiene ningún conocimiento «especializado» (es decir, conocimiento relacionado a las ciencias o humanidades), el virrey lo pone a hacer el trabajo forzado y bastante físico de «cardar seda, a teñirla, a hilarla y a bordar con ella» (487). Es irónico porque este tipo de labor manual está relacionado a la esclavitud o a los que no saben hacer más nada, como los criminales que habitan en las cárceles. ¿Es que Lizardi ha condenado a Periquillo a vivir en esta isla que será como una cárcel para él y que lo tratará como esclavo y, de esta forma, lo castigará por los crímenes que cometió? Sin duda, un punto importante es que el virrey le pagará por su trabajo, pero se trata de trabajar con bienes económicos y no de ninguna labor de lujo. Al menos en esta isla el gobierno le está dando la oportunidad de ganarse la vida de manera honesta y no ser un simple parásito o un paria criminal.

Lizardi también enfatiza la corrupción jurídica cuando el virrey comenta sobre el dificultoso trabajo de entender las leyes de Nueva España y el hecho de que los «especialistas» (abogados) están encargados de «interpretar» la ley por un ciudadano sin la capacidad de hacerlo por sí mismo. Las leyes de Nueva España emplean un lenguaje especializado que sólo pueden ser entendidas por aquellos que están entrenados a interpretarlas; pero el virrey indica que no es necesario usar semejante discurso y que simplemente se usa para engañar a los ciudadanos o mantenerlos ignorantes y presentarles más obstáculos al interpretar las leyes. El virrey mismo lo dice: «¿Aún están sujetas al genio sofístico del intérprete?» (487). El sofismo de la Grecia antigua predicaba la enseñanza y la interpretación de las leyes que dictaban lo que era tener un buen gobierno. Era bastante abstracto (el sofismo) mientras la forma de gobernar de esta isla es más pragmática, esta última sujetada a las mismas facultades del virrey chino (me parece que esta aclaración es necesaria en un mundo «posmodernista» [«postodo»] actual en el que vivimos).

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El Periquillo Sarniento (Parte I)

El periquillo sarniento, José Joaquin Fernández de Lizardi

El periquillo sarniento, José Joaquín Fernández de Lizardi

El autor, José Juaquín Fernández de Lizardi, nos brinda una narrativa satírica sobre la sociedad a través de Pedro Sarmiento, o Periquillo Sarniento, en esta novela picaresca. En este género literario, el (anti)héroe nos cuenta cómo lucha para sobrevivir en el día a día. En el caso de Periquillo, también hay un énfasis en la falta de educación, experiencia laboral y la decadencia de los personajes con quienes interactúa.

Lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia: los siete pecados capitales. Todos están representados de alguna forma u otra en este texto.

El concepto de lujuria, el deseo sexual obsesivo, se trata cuando Periquillo menciona que no le costaría «mucho trabajo la conquista de Luisa, teniendo un rival tan despreciable» (Lizardi, 444) como Chanfaina. Periquillo coqueteaba con esta mujer, que Chanfaina primero introdujo como su criada, pero luego fue evidente que había una relación amorosa entre ellos. Periquillo sugiere que hubo algún tipo de tensión sexual o tal vez cópula entre él y esta mujer; la conquista era una competencia que, a su vez, degradaba a las mujeres sin escrúpulo alguno. En otra ocasión, también empieza a coquetear e inicia unos juegos sexuales con Luisa (445), la sobrina de la ama de casa, Clara. Debido a esta relación entre Periquillo y Luisa y el enfrentamiento entre él y Clara, Chanfaina lo bota de la casa.

Periquillo comenta también sobre la gula cuando habla de todas las «madres» que tuvo: «La que no era borracha, era golosa: la que no era golosa, estaba gálica; la que no tenía este mal, tenía otro; y la que estaba sana, de repente resultaba encinta» (438). Aparte de ser mujeres con enfermedades, las sanas no se cuidaban durante la cópula y se entregaban a todo tipo de placer, incluyendo el de consumo excesivo de comida y seguramente de alcohol. Todo este exceso de cosas puede interpretarse como avaricia, pero para satisfacer la definición católica, podemos referirnos al médico Purgante, que era amigo de Nicolás, el maestro de Periquillo. El héroe de esta novela cuenta un gran ejemplo de avaricia que, inclusive, es tan relevante hoy en día como en aquella época (y esta curiosidad a uno le causa cuestionar realmente el supuesto progreso de nuestra sociedad): el doctor Purgante recomendaba a sus pacientes que siempre vayan a comprar sus medicamentos de la botica del maestro Nicolás, y este último siempre recomendaba a sus clientes que siempre hagan sus consultas con el doctor Purgante (458); este acuerdo en el que cada uno recomendaba a su respectivo paciente o cliente al otro permitía mantener una clientela estable y monopolizar estos dos tipos de negocio y, a su vez, cobrar demasiado por sus servicios.

El cuarto pecado capital, pereza, es una de las principales características de Periquillo. Es un ser perezoso, o como el autor dice, flojo. Siempre le gusta hacer las cosas espontáneamente y no le gusta aprender nada nuevo. Esto sucede cuando le dan recados, o mandados, y no se da la molestia de ver cómo se hace el trabajo. Por ejemplo, no sabe afeitar ni cortarle el pelo a los clientes del barbero, y no sabe sacar una muela, y debido a su incapacidad hace sufrir a los demás. Sólo le interesa ganar dinero de alguna forma, pero nunca se dedica al aprendizaje.

La tía Casilda se llena de ira también, cuando se enoja con Periquillo porque él y Andrés estuvieron hablando mal de ella. Tanto se molestó que le echó una «olla de agua hirviendo» (453) sobre la cabeza de Periquillo, y fue cuando él se fue de la casa del barbero.

Ya de niño le estaban enseñando a Periquillo a ser soberbio: «Si alguna criada me incomodaba, hacía mi madre que la castigaba, como para satisfacerme, y esto no era otra cosa que enseñarme a ser soberbio y vengativo» (439). Se dice que este es el más severo de todos los siete pecados capitales, porque de este derivan todos los demás. De niño, Periquillo lloraba para que se le dé lo que sea que quería, y aunque esto sea muy natural o común entre niños, fue por falta de disciplina por parte de sus padres que llegó a impactar su vida de manera negativa y, por tanto, ser tan extremadamente irresponsable. Me parece que esta actitud megalómana que es tan usual entre niños se convirtió en el principal instigador de todos los males que hacía Periquillo.

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Sor Juana (Parte II)

La carta, Sor Juana Inés de la Cruz

La poesía de Sor Juana Inés de la Cruz

Se puede percibir en los versos de Sor Juana la noción de que todo lo que le pertenece al mundo externo (es decir, al mundo físico) le parece superficial y casi inútil; una idea bastante sombría que, después de haber leído su carta, da a entender que prefiere dedicarse más a la lectura de libros filosóficos, y rechaza y detesta el arte engañoso (aunque ella misma lo haya practicado por un tiempo). Frente el arte inútil y el mundo externo superficial, Sor Juana intenta escribir obras ilustradas y didácticas. Sin embargo, sus obras sugieren la importancia de hacer bien y de vivir una vida ejemplar. La poetisa escribe en «En perseguirme, mundo, ¿qué interesas?»: «¿En qué te ofendo, cuando sólo intento / poner bellezas en mi entendimiento / y no mi entendimiento en las bellezas?» (Cruz, 304). Es decir, entiende que para poder comunicar algo memorable, importante y de manera accesible, debe manifestarlo en un poema (como si fuese una canción) para que no sea tan árida para el lector. Este rechazo del mundo externo también lo indica en el duodécimo verso de este poema: «…teniendo por mejor, en mis verdades, / consumir vanidades de la vida / que consumir la vida en vanidades» (304). Prefiere disminuir las vanidades en su vida en vez de gastar la vida en cosas superficiales.

En el poema «Este, que ves, engaño colorido», también reconoce la falsedad que puede demostrar no sólo un poema, sino una pintura también, al referirse a un retrato suyo. Incorporando términos de lógica, Sor Juana dice: «con falsos silogismos de colores / es cauteloso engaño del sentido» (303). El retrato es como un falso silogismo, es decir, un falso argumento. La pintura intenta demostrar la belleza y el buen aspecto de Sor Juana, pero ella sabe que su vida y su ser es, realmente, todo lo contrario. Entiende que la vida es algo muy frágil y toma una postura bastante estoica: se debe tener en mente la muerte, porque sólo así uno podrá aceptarla y vivir en paz consigo mismo. Esto se puede deducir cuando Sor Juana revela la verdadera naturaleza de la vida, y no sólo de la suya: «es cadáver, es polvo, es sombra, es nada» (303). No se debe permitir que nos engañe el arte con sus falsas técnicas ni su falsa esperanza de que el mundo es bello, porque la vida, en especial la última etapa de la vida, está repleta de cosas sombrías que debemos prepararnos para aceptar; si no, podemos caer en la depresión. Pero si bien uno se debe preparar para la vejez, la solución no es el extremo júbilo, porque esto nos puede desequilibrar; por eso se debe practicar el control de las pasiones, las emociones -ya sean negativas o positivas- y siempre encontrar un equilibrio.

Bibliografía

Cruz, Juana de la. Obras completas. México: Fondo de Cultura Económica, 1957.

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Sor Juana (Parte I)

La carta, Sor Juana Inés de la Cruz

La carta, Sor Juana Inés de la Cruz

La carta de Sor Juana es un texto bastante artificioso. La escritora siente la necesidad de comprobar casi todo lo que dice apelando a la autoridad; ya sea a un santo, un libro eclesiástico, de la antigua Grecia o del Imperio romano. Las anotaciones a pie de página son muy útiles por la vastedad de información que les brinda al lector, y casi no es necesario investigar fuera de este texto para entender las ideas básicas de las referencias de Sor Juana. Ella demuestra su malinterpretación (a propósito o no) de otros libros para aparentar que está comprobando su argumento, cambia las palabras de autores, cita frases desconocidas de otros y todo esto lo mezcla con evidencias auténticas. Por eso es un tanto complicado separar sus buenos argumentos con los malos a primera vista.

Sin embargo, detrás de todo esto existe una mujer con una lucha interna, del bien y del mal, admitiendo su ignorancia (porque cuanto más se lee, menos se sabe) pero, a su vez, cansada de las injusticias de la Inquisición. Por eso, aunque a veces exprese su ignorancia sobre algún tema, siente la necesidad de mostrar su capacidad intelectual y empieza a argüir sofisticada y elocuentemente con ese lenguaje tan excesivamente decorativo de la época barroca.

Otro motivo por el uso de un lenguaje tan artificioso en un texto epistolar era el menosprecio que se le tenía a la mujer en ese entonces. Fue una idea, así como lo explica Sor Juana, proveniente del Santo Oficio: las mujeres no deberían estudiar libros que no sea la Biblia ni filosofar ni llevarle la contra a la Inquisición y deberían ser censuradas (Cruz, 4). El desobediente sufriría consecuencias devastadoras.

Creo que es necesario expresar las injusticias que sufrió Sor Juana. En la página cuatro, ella escribe que no se le debe temer a la crítica literaria, pero, por extensión, se está refiriendo a la ley canónica que dice, según la anotación a pie de página: «The sentence of the bishop is to be feared, just or unjust». Sor Juana está yendo en contra de esta ley y en la página dieciséis, si he interpretado bien la anotación del editor, este último dice que ella alaba a mujeres rebeldes: «Juana omits to mention that her learning proved so objectionable to Christians that she was stripped naked, carried to the basilica, butchered, and the flesh scraped from her bones with oyster-shells by a mob of fanatics led by St Cyril in AD 415». A pesar de todo el lenguaje artificioso de Sor Juana, y hasta a veces engañoso, en mí nace la inmensa sensación de lástima y compasión por ella, porque cualquiera hubiese tratado de incorporar este importantísimo detalle sobre una intelectual femenina para usarlo en contra de la Iglesia y el Santo Oficio. Técnicamente, Sor Juana era una monja, pero creo que este texto demuestra a una mujer rebelde, pero astuta al contradecir a sus superiores; apasionada por divulgar la verdad (aunque algunas fuentes literarias hayan sido inventadas), pero sin dejarse llevar por sus emociones. Todo este texto va en contra de la idea de I Corintios que cita las anotaciones y el comentario adicional en la página diecisiete que dice: «Women should be silent in the churches, for they are not permitted to speak, but should be subordinate, as the Law also says. If there is anything they desire to know, let them ask their husbands at home, for it is shameful for a woman to speak in church». Sin embargo, Sor Juana argumenta que, aunque las mujeres no puedan enseñar, eso no quiere decir que no pueden estudiar, ya que por más que ellas tengan un gran conocimiento del mundo, sería imposible que superen al varón porque no se permite la influencia femenina en esta sociedad.

Bibliografía

Cruz, Juana de la. La respuesta. New York, USA: Feminist Press, 1994.

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En busca del oro y la cristianización de América

Naufragios, Cabeza de Vaca; Brevisima relación de la destrucción de las Indias, Bartolomé de las Casas; Comentarios reales, Inca Garcilaso de la Vega

Naufragios, La destrucción de las Indias, Comentarios reales

Los últimos tres libros trataron los temas de colonización, la cultura indígena y la catequización americana.

En Naufragios, de Cabeza de Vaca, el autor muestra su desprecio hacia los indígenas, comparándolos con animales, como a la raza canina. Cabeza de Vaca tenía una idea bastante eurocentrista; es decir, pensaba que lo fundamental era la cultura europea, y que los indígenas no eran realmente seres humanos como ellos, sino simples «animales» subdesarrollados. Pensaba esto el cronista porque la forma de vivir de los indígenas era bastante rústica, y todo lo que no podían explicar lo atribuían a un dios, al cual alababan. En la segunda parte, Cabeza de Vaca fue incorporándose a la cultura indígena; andaba prácticamente desnudo, liderando a las masas indígenas. Abusó de la ingenuidad de ellos para poder controlarlos, pues pensaban que este historiador tenía la capacidad de realizar milagros y curar a los enfermos. Usó la palabra de Dios para manipular a los indígenas y para establecer su superioridad. El grupo de Cabeza de Vaca arrasaba pueblos, robaba y hacía daño a los indígenas. Al final, el cronista y los otros tres supervivientes se convirtieron en hombres salvajes, todo por querer encontrar oro y evitar el fracaso de la expedición, pese a que los otros trescientos hombres que tomaron parte en ella habían muerto.

En Brevísima relación de la destrucción de las Indias, Bartolomé de las Casas busca proteger la cultura indígena y defender los derechos, que en ese entonces no existían, de los aborígenes; Incitó el tema filosófico sobre la naturaleza y el derecho de los indígenas, el cual intentaba aclarar la duda de si los indígenas tenían o no almas y si realmente eran seres humanos como los europeos. Ayudó a mitigar el abuso hacia ellos al promover la aprobación de leyes que les brindarían lo que hoy llamamos derechos humanos. El problema es que si bien protegía su cultura y sus derechos, Las Casas rechazaba la religión indígena, y promovía la imposición del catolicismo, aunque haya sido de manera pacífica, ya que Las Casas entendía que si se les imponía la misma con violencia, los indígenas atacarían y rechazarían cualquier ideología europea. Por un lado, se puede decir que Las Casas ayudó a que el Imperio español tome control de América por medio de la catequización; pero por otro lado, puede ser que Las Casas realmente quiso salvar a los indígenas al desear catequizarlos. Lo cierto es que a pesar de que los indígenas quisieron ayudar a los conquistadores, estos últimos siguieron con sus matanzas, arrasando pueblos y cometiendo demás atrocidades. El resultado fue una cultura indígena manoseada y violada y la conversión a una religión que, hoy en día, ha perdido su credibilidad debido a las atrocidades que se hicieron en su nombre.

El Inca Garcilaso escribe Comentarios reales con el fin de explicar detalladamente las costumbres indígenas e incaicas. También tiene el mismo prejuicio de Las Casas: quiere catequizar el Imperio inca y, además, interpreta la historia del origen de los Incas como simples «fábulas». El Inca Garcilaso se presenta como la autoridad de la verdad, lo cual puede causar disgusto y escepticismo en algunos lectores, pero, sin duda, aportó importantes detalles sobre la historia de Perú, y describió las barbaries que los españoles cometieron entre sí (durante las guerras civiles). Sin embargo, una de las graves omisiones fue la falta de querer documentar las tantas crueldades que cometieron los españoles hacia los indígenas e Incas. Pero un punto interesante es que, en realidad, no debe haber una necesidad de describir todos los detalles de las muchas matanzas. El Inca Garcilaso seguramente conocía las obras de Bartolomé de las Casas, y no quiso seguir fomentando el odio hacia los españoles que él preveía, ya que su padre provenía de España; pero a la vez, quería explicar las costumbres de su madre, que era una princesa inca. Por tanto, el Inca Garcilaso elige describir uno de los sucesos más trágicos del Imperio inca: la sentencia a muerte al Inca Atahualpa por parte de los españoles, cuando aquel aventó la Biblia, ya que no sabía lo que era un libro ni qué decía; y los españoles se aprovecharon de esto. Sin embargo, el Inca Garcilaso dice que murió como cristiano, tal vez aludiendo al hecho de que fue enterrado de acuerdo a la costumbre católica o quizá fue alguna promesa o tratado que habrían hecho los españoles con el último Inca.

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El Inca Garcilaso y los misterios de los Incas (Parte II)

Comentarios reales, Inca Garcilaso de la Vega

Comentarios reales, Inca Garcilaso de la Vega

Tal vez sea obvio para otros, pero creo que es importante aclarar que esta versión del libro consiste en capítulos seleccionados de una obra más amplia; pero, obviamente, debido a la falta de tiempo (el tiempo, esa bella musa de la cual muchos huimos), el libro busca ser breve y exacto. Por tanto, se puede deducir que la intención de la primera parte de este texto es informar al lector sobre la cultura inca, y la segunda revelar datos sobre los acontecimientos durante la conquista.

El cronista comenta que escribe la segunda parte en 1611 (Vega, 112), y en lo personal, me es siempre interesante ver cómo un cristiano, relacionado con círculos intelectuales de la época, trata la retórica. El Inca Garcilaso demuestra que siente decepción al escribir los sucesos de la conquista: «las guerras que el demonio inventó en aquel imperio por estorbar la predicación de nuestro Santo Evangelio» (112). Su intención parece ser la catequización y, por extensión, la salvación de los indígenas y de los Incas. Fuera de todas las batallas, el Inca Garcilaso pinta una imagen de un quieto observador, mudo y pocas veces involucrado en situaciones por circunstancias ajenas a su control. Sin embargo, por la mayor parte del libro, sus comentarios parecen ser omniscios; es decir, conoce todos los detalles y espera que el lector lo tome todo como la verdad absoluta. En pocas ocasiones aclara que sacó ciertos detalles de otros historiadores, o que en algunas partes contradice a otros, pero siempre aclarando que él sacará a la luz la verdad.

Al parecer, el Inca Garcilaso -el católico- busca ser tan objetivo y fiel a la verdad que estiliza su redacción hasta cuando se refiere a su padre: lo llama «mi señor», y sólo una vez, si la memoria no me falla, muestra un poco de cariño al hablar de él. Más allá del tipo de la relación entre padre e hijo que tuvieron, el Inca Garcilaso busca simplemente «escribir los sucesos de aquellos tiempos» (112), y al menos por la mayor parte del texto y por encima (sin profundizar en su redacción estilística), parece haber logrado crear esta ilusión. Lo interesante es que muchas de sus explicaciones concuerdan con lo que generalmente se cree de aquella época. Parece que sólo usa la retórica para distanciarse de los sucesos históricos (y aparentar cierta objetividad), otras veces para comprobar cosas por medio del argumentum ad verecundiam («argumento dirigido al respeto») y, de esta misma forma, comprobar la veracidad del catolicismo ante la religión indígena. La frase latina susodicha explica algo bastante básico: es una manera de comprobar la veracidad de un argumento citando lo que piensa y dicta la autoridad; es una falacia lógica usada en la refutación. Pues, el Inca Garcilaso piensa, consciente o no (no haré ninguna afirmación de ninguna hipótesis), que la autoridad la tiene la religión europea (el catolicismo), y piensa que esta es verídica y la religión indígena no. Nunca pone en duda el catolicismo, pero sí la de los indígenas porque la ve como retrógrada, por más alabanzas que les hizo el autor de Comentarios reales. En otras ocasiones, se distancia de las maldades que hicieron los conquistadores para demostrar su objetividad, como ya se ha mencionado.

Sin embargo, las atrocidades cometidas en el Nuevo mundo fueron tantas que el Inca Garcilaso no quiso hablar de ello con detenimiento porque quería crear una ilusión de armonía entre los Incas y los españoles, pero sí las menciona brevemente. Esperó hasta el final para contar una de las peores tragedias, así lo cuenta el Inca Garcilaso. La muerte del último Inca (Atahualpa) marcó el final del imperio del mismo, ya que era el último del linaje de Manco Cápac. El historiador de este texto dice que murió cristiano, tal vez porque le era tan importante «salvar» a los indígenas y a los Incas que quiso formalizar (y tal vez hacer un acto simbólico del bautizo) la catequización del Imperio inca. Sea como sea, para muchos otros, este suceso simboliza la destrucción de una gran civilización y la victoria de los conquistadores españoles ante un reino dejado en ruinas.

Bibliografía

Vega, Inca Garcilaso de la. Comentarios reales. Barcelona, España: Linkgua, 2006.

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El Inca Garcilaso y los misterios de los Incas (Parte I)

Comentarios reales, Inca Garcilaso de la Vega

Comentarios reales, Inca Garcilaso de la Vega

El Inca Garcilaso de la Vega, historiador y escritor por excelencia del período colonial peruano, brinda al lector detalles minuciosos de una civilización bastante avanzada para aquella época en América: los Incas. Su retórica complaciente hacia ellos, e incluso hacia los plebeyos, carece sospechosamente de moderación. Si bien es cierto que su obra fue fruto de una infancia y adolescencia abundante en la tradición oral por parte de su familia materna, junto a largas y complicadas consultas con especialistas de la historia y los dialectos de los habitantes del imperio incaico, vale destacar que sus costumbres fueron influidas por su familia paterna española.

Es causa de asombro contrastar su retórica a favor de los Incas con su menosprecio de la religión de esta gente. El Inca Garcilaso se críe en lo que ahora es Perú, aprendiendo de los amautas, o los filósofos y sabios incas. Durante su adolescencia, estallaron las guerras civiles en el imperio. Él y su padre son perseguidos por los conquistadores españoles, estos acusándolos de haber ayudado a los Incas. Cuando fallece su padre, el Inca Garcilaso viaja a los veinte años de edad a España, donde cursa y pasa la mayor parte de su vida e inicia su carrera militar, demostrando su destreza bélica durante la represión de los moriscos de Granada. Las desgracias nunca vienen solas, y años después muere su madre, sus tíos, y luego ha de sufrir de prejuicios contra mestizos en el ejército español. Como hombre educado marginado, se retira de la vida militar y empieza a frecuentar ciertos círculos intelectuales. Estudia filosofía, historia, religión y los poetas clásicos.

Su educación formal seguramente fue europea, porque le era fácil rechazar las creencias «fabulosas», como dice el Inca Garcilaso, de los Incas y, a su vez, aceptó las del catolicismo con facilidad. Ambas creencias están basadas en historias fabulosas, sólo que las del catolicismo simplemente fueron escritas por el hombre para concederles un sentido de mayor prestigio y autoridad, cosa que no se había hecho con la religión incaica; pero no por ello carecía de prestigio, de autoridad o de veracidad. Sin embargo, el Inca Garcilaso sí lo interpreta de este modo. Él escribe que Manco Cápac «fingió aquella fábula» (Vega, 31) del origen de los Incas para poder dominar a los indígenas, pero los cristianos predican que Jesucristo vino del cielo, así como las «fábulas» dicen que los Incas provienen del mismo. El Inca Garcilaso antepone la religión católica a la de los Incas simplemente por ser demasiado parcial, ya que si este pensase analíticamente, se daría cuenta que ambas religiones predican la misma cosa, sólo que los «Mesías», por así decirles y sabrá disculpar el lector esta simplificación, son diferentes personas. La cantidad de pruebas del origen de Jesucristo son tan verídicas o falsas como las del origen de los Incas.

Con respecto al resto de la primera parte, es sumamente importante la contribución de este cronista que ayudó a conservar las costumbres de un gran imperio y una civilización «antes destruida que conocida» (29) por los españoles, según lo relata en Comentarios reales. Hay muchos detalles que el Inca Garcilaso admite desconocer, aunque casi siempre ofrece su opinión al respecto, pero lo cierto es que no se pudo descifrar los misterios de esta civilización ni a tan sólo unos años después de la destrucción del imperio incaico; por ejemplo, el modo y estilo de vida completo de esta civilización, dejando mucho misterio sobre la construcción de las ruinas de Machu Picchu o de los quipus (sistema avanzado de contabilidad y registro de eventos históricos), entre otras cosas. Otro ejemplo, cómo pudieron construir edificios tan altos de enormes peñas ajustadamente en Machu Picchu:

porque en esto excede aquella obra a las siete que escriben por maravillas del mundo; porque hacer una muralla tan larga y ancha como la de Babilonia, y un coloso de Rodas, y las pirámides de Egipto, y las demás obras, bien se ve cómo se pudieron hacer, que fue acudiendo gente innumerable, y añadiendo de día y día y de año en año material a material, y más material…. Más imaginar cómo pudieron aquellos indios tan sin máquinas, ingenios ni instrumentos cortar, labrar, levantar y bajar peñas tan grandes (que más son pedazos de sierra que piedras de edificio), y ponerlas tan ajustadas como están, no se alcanza. (69)

El Inca Garcilaso no sabe si se usó la sustancia pegajosa que se usaba para otras construcciones; simplemente hizo una conjetura, que hoy en día sería difícil creer porque significaría que esta sustancia pegajosa habría mantenido su pegamento y capacidad de mantener unidas las piedras muy pesadas por cientos de años. Es importante destacar que el cronista dice: «empero echaban por mezcla una lechada de un barro colorado que hay muy pegajoso» (67), pero no nos sabe decir a ciencia cierta.

Otro misterio es el quipu: En el mundo occidental se dice que la noción del cero proviene de Babilonia, 2000 a. C., pero también se cree que la cuenta larga de Mesoamérica es de 3114 a. C.; ambos tienen una noción del cero, aunque no son idénticas. Los incas representaban el cero con una cuerda de lana sin ningún nudo, pero obviamente esta civilización nace mucho después, en aproximadamente 1200 d. C. El Inca Garcilaso dice: «en su lengua pueden dar todos los números del guarismo como él los tiene» (56). Lo interesante es que el Inca Garcilaso dice que esta gente destruyó sus tierras para evitar que quede vestigio alguno de su propia civilización cuando se enteraron de la conquista española, y al lector lo deja intrigado saber el porqué; tal vez fue debido a la gran estimación que les tenían a sus dioses, a sus costumbres y a su modo y estilo de vida. Tal vez no querían que nadie descubra su civilización. Pero si fueron capaces de destruir sus propias cosas cuando fueron atacados, y se sabe que en América del Sur hubo muchas guerras entre tribus por cientos de años, no hay quien pueda desmentir que la noción del cero vino de mucho antes en esta misteriosa civilización, tal vez a través del contacto con otras tribus mesoamericanas o a través de migraciones.

Bibliografía

Vega, Inca Garcilaso de la. Comentarios reales. Barcelona, España: Linkgua, 2006.

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La destrucción de las Indias (Parte II)

Brevisima relación de la destrucción de las Indias, Bartolomé de las Casas

Brevísima relación de la destrucción de las Indias, Bartolomé de las Casas

Bartolomé de las Casas, nuevamente, pone de relieve el hecho de que el propósito principal de las conquistas españolas en América era conseguir oro: «es todo lo que pretenden por medio para alcanzar su fin último, que es el oro» (Casas, 75).

Cuando los indígenas se negaban a decirles a los españoles dónde estaba ubicado este metal que los europeos consideraban valioso, los torturaban hasta que divulguen cualquier tipo de información al respecto. Muchos de los aborígenes se «negaron» y les costó la vida. Pero lo más probable era que, al principio, no sabían exactamente lo que se les estaba pidiendo (que era la ubicación de las «casas» de oro), debido a la barrera idiomática, pero una vez establecida una forma de comunicación (por más pobre que haya sido), supieron que los conquistadores consideraban el oro muy valioso. Sin embargo, cuando se les daba este metal precioso, los conquistadores seguían con sus torturas, matanzas y violaciones; culpaban a los indígenas inventando cualquier excusa para justificar sus acciones: desde no revelar todos los detalles de la ubicación del oro a no haberles dado suficiente. Tal vez debido a estas razones es que los indígenas rechazaron difundir cualquier tipo de detalle del oro que tanto anhelaban los europeos.

Aquellos indios del Perú es la gente más benévola que entre indios se ha visto, y allegada y amiga a los cristianos. Y vi que aquéllos daban a los españoles en abundancia oro y plata y piedras preciosas y todo cuanto les pedían que ellos tenían, y todo buen servicio, y nunca los indios salieron de guerra sino de paz, mientras no les dieron ocasión con los malos tratamientos y crueldades, antes los recibían con toda benevolencia y honor en los pueblos a los españoles, dándoles comidas y cuantos esclavos y esclavas pedían para servicio. (71)

Las Casas cita a Fray Marcos para destacar que el reino Inca fue particularmente amable y bondadoso con los españoles, pero cuando vieron que estos seguían cometiendo barbaries, se negaron a ayudarlos. Así sucedió en la mayoría de las provincias: los indígenas les tenían miedo y, por tanto, les daban tributos en forma de oro y demás cosas, los ayudaban simplemente por ser bondadosos por naturaleza o porque pensaban que venían del cielo y que eran hijos de un dios supremo. Sea cual sea el motivo, abusaban a los indígenas, violaban a sus mujeres, les robaban y arrasaban sus pueblos. Las Casas afirma que:

nunca en ninguna parte dellas los indios hicieron mal a cristiano, sin que primero hubiesen recibido males y robos y traiciones dellos. Antes siempre los estimaban por inmortales y venidos del cielo, y como a tales los recibían, hasta que sus obras testificaban quién eran y qué pretendían. (81)

Por un lado, se puede interpretar esto como una defensa a los indígenas o hasta una apología, pero por otro lado, se debe entender que Las Casas estaba avergonzado de que estos hombres, de su país, se hacían llamar cristianos. Por eso temía un castigo divino ante España y buscaba rectificar las acciones de sus compatriotas; se convenció que el rey Felipe II estaría de acuerdo con él si tan sólo supiese lo que estaba sucediendo en América y es así que empieza a escribir esta relación. Las Casas no quería que nadie desprestigie el nombre de Dios, cosa que sus propios compatriotas estuvieron haciendo: «Dios tomare venganza de tan horribles y abominables insultos como hacen en las Indias los que tienen nombre de cristianos» (59). Y los indígenas llegaron a conocer la verdad: estos conquistadores no eran hijos de Dios ni mucho menos, y se sintieron traicionados por toda la ayuda que les habían brindado sólo para que vengan a hacerles tanto daño y para que destrocen sus tierras. Pero cuando reaccionaron, los españoles los llamaron «rebeldes»; sin embargo, y para citar a Las Casas, «ninguno es ni puede ser llamado rebelde si primero no es súbdito» (38).

La traición de los españoles empeoró la situación, porque se comportaban como salvajes, y Las Casas, creo yo, resume la postura del indígena cuando dice «qué obra es ésta y si excede a toda crueldad e injusticia que pueda ser pensada; y si les cuadra bien a los tales cristianos llamarlos diablos [a los indígenas], y si sería más encomendar los indios a los diablos del infierno que es encomendarlos a los cristianos de las Indias» (80). Para los indígenas, ser cristiano empezó a asociarse con ser salvaje y, por tanto, prefiriesen no compartir el cielo con ese tipo de personas y negar el dogma cristiano. Un ejemplo de traición es cuando los españoles les dijeron que no vendrían más cristianos, pero seguían viniendo y, peor aún, destruían sus dioses y clamó un indígena: «¿Por qué nos habéis mentido, engañándonos que no habían de entrar en esta tierra cristianos? ¿Y por qué nos habéis quemado nuestros dioses, pues nos traen a vender otros dioses de otras provincias vuestros cristianos?» (52)

La destrucción de las Indias sucedió tanto pasiva como agresivamente. La mayor parte de las culturas indígenas del Nuevo mundo fueron oprimidas y destruidas cuando los conquistadores quisieron cambiarlas conscientemente. Esto no sólo ha dejado profundas cicatrices culturales (y no me refiero a resentimientos), sino también ha causado falta de credibilidad del catolicismo. El primero porque en América latina se ven las «marcas» en ciertas costumbres que se heredó del indígena ajadas por los europeos y la segunda porque los europeos buscaron justificar la conquista con la religión.

Bibliografía

Casas, Bartolomé de las. Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Barcelona, España: Linkgua, 2006.

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La destrucción de las Indias (Parte I)

Brevisima relación de la destrucción de las indias, Bartolomé de las Casas

Brevísima relación de la destrucción de las Indias, Bartolomé de las Casas

Enfrentarse a analizar las razones por las cuales Bartolomé de las Casas expresó ideas poco ortodoxas no da resultados que pueden ser escritos en unas cuantas oraciones; pero como dijo Oscar Wilde, «la verdad es raramente pura y nunca simple».

No pretendo usurpar verdades, pero creo que la clave para entender la relación de Las Casas existe en la orden religiosa a la cual pertenecía. Santo Domingo fundó la Orden de predicadores, conocida popularmente como la Orden dominicana, la cual se propuso luchar contra las herejías de aquel entonces y buscar catequizar a los herejes. Se enfocaba en la predicación vernácula y en el estudio escolástico, y de esta manera buscaba resolver los problemas religiosos de una población floreciente. Era una orden mendicante, la cual significaba que los miembros vivían en la pobreza, mantenidos por la caridad de la gente. Después de un largo periodo de decadencia, se reformaron en el siglo XV, cuando varios dominicos plantearon soluciones bastante avanzadas a problemas sociales. Durante este siglo, su mayor gloria intelectual, tuvieron la tarea de evangelizar a los indígenas americanos. La herejía plagiaba una gran parte de Europa occidental, la Reforma protestante había estallado aproximadamente en 1517, y la Iglesia estuvo perdiendo creyentes y se encontró nuevamente al borde de una cisma.

En 1542, Las Casas escribe Brevísima relación de la destrucción de las Indias, donde detalla su experiencia en América empezando desde el año 1502. Las Casas empezó como encomendero, una persona que beneficiaba de rentas numerosas y de tributos en forma de servicios personales por parte de los indígenas. Pero no tardó en darse cuenta que el sistema implementado por el imperio español no marchaba bien y que el maltrato de los indígenas era innecesario. El imperio estuvo cometiendo atrocidades contra los indígenas y todavía no llegaba a entender plenamente sus costumbres. Les parecían unos bárbaros sin almas, pero Las Casas, de carácter dominicano, entendió lo contrario: no podía negar «la bondad que en ellos» veía. Creía que tenían cierta predilección pasiva que sólo se podría pregonar al conocer a Dios. Lo que tal vez instigó a Las Casas a catequizarlos pasivamente (en vez de abusar de ellos o promover el genocidio) fue la carencia de creyentes dentro de la iglesia católica, aunque no se debería dejar de destacar su alma caritativa. Los dominicos educaron a la población indígena, fundaron centros universitarios e inculcaron en ellos prácticas y devociones católicas. El cronista también se dio cuenta de que podía moldear a esta gente con mayor facilidad, pero que atacarían si se les atacaba primero. Las Casas entendía que el Nuevo mundo era una oportunidad de «reclutar» a creyentes cuando la Iglesia más los necesitaba, y el rey Felipe II de España era el principal defensor del catolicismo. Las Casas temía el castigo divino ante toda España si se seguía comportándose de manera cruel con los indígenas. Por estas dos últimas razones fueron que su relación no sufrió ningún tipo de censura y no porque los ciudadanos disfrutaban de una forma de vida liberal, aunque hubo varios detractores de este cronista y se calcula que hubo mucha censura en aquella época. Como dominico, perteneciente a la orden mendicante, también podía hablar con cierta franqueza sobre la vana búsqueda de oro en América, aclarando que una de las metas del imperio era encontrar este metal de suma importancia, ya que lo necesitaban para sustentar el crecimiento y la expansión de gran magnitud del imperio.

Bibliografía

Casas, Bartolomé de las. Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Barcelona, España: Linkgua, 2006.

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La crónica fantástica de Cabeza de Vaca (Parte II)

Naufragios, Álvar Núñez Cabeza de Vaca (Capitulos XXI a XXXVIII)

Naufragios, Álvar Núñez Cabeza de Vaca (Capítulos XXI a XXXVIII)

Antes de comentar sobre los capítulos XXI a XXXVIII, quisiera recordar al lector de cómo iniciaron las supuestas curas, milagros y el proselitismo por parte de los españoles. En el capítulo XV, Cabeza de Vaca dice que los indígenas curaban enfermedades «soplando al enfermo» (Núñez Cabeza de Vaca, 129). Admite que se burlaban de estos actos y que ni él ni nadie de su grupo sabía curar. Por estas razones, los indígenas les quitaron la comida a los españoles, y no les darían nada hasta que estos hiciesen lo que dijesen. Tuvieron la necesidad de obedecer a los indígenas, dice Cabeza de Vaca, y que los españoles eran capaces de engañarlos y manipularlos porque eran «hombres» -seres humanos, a diferencia de los indígenas-, según Cabeza de Vaca, de «mayor virtud y poder» (129). Es decir, eran mejores, en un sentido bastante amplio de la palabra, que los aborígenes. Aquí el cronista muestra cierta separación entre «hombres de mayor virtud y poder» e «indígenas despiadados de menor virtud y poder». Explica que las tribus aborígenes llamaban a un médico para curar al enfermo y luego daban todas sus posesiones y la de sus parientes a los españoles. Más allá de que Cabeza de Vaca muestra su falsa destreza quirúrgica más adelante, explica la manera en que él y su grupo curaban al resto: santiguándose, soplando al enfermo, rezando un Pater noster y un Ave María, rogando a Dios que se curasen y santiguando al enfermo. Afirma que los enfermos se sanaban y por quedar tan impresionados, los indígenas los trataban muy bien y les ofrecían toda su comida, mantas y demás cosas; debido a estas razones, nos asegura Cabeza de Vaca, los indígenas se morían de hambre.

Este tipo de «homenaje» continúa por casi el resto del libro, y en el capítulo XXI, nuevamente los indígenas les ofrecieron dádivas: «muchas tunas, porque ya ellos tenían noticia de nosotros y cómo curábamos, y de las maravillas que nuestro Señor con nosotros obraba» (152). Es decir, los pueblos les regalaban sus comidas porque pensaban que podían curar a los enfermos y porque pensaban que Dios actuaba a través de ellos: el cronista se describe como una especie de Mesías acompañado por soldados de Dios. Pero Dios también les daba «gente por donde muchos tiempos no la había» (152); es decir, Dios les brindaba gente que los ayudaban de muchas formas: cargando materiales, regalándoles mantas, ropa, dispuestos a ofrecerles servicios de mensajero (200) y, en fin, cualquier cosa para estos individuos que los indígenas llamaban «hijos del sol» (158), o sea, hombres con linaje divino de un dios supremo. Además, tampoco permitía el Hacedor que matasen a los españoles; todo lo contrario, permitía que los indígenas los sustentasen «con tanta hambre, y poner aquellas gentes en corazón que nos tratasen bien» (152).

En el capítulo XXII, después de que Castillo, el sacerdote católico, haya curado a varios, los indígenas trajeron a Cabeza de Vaca y a su grupo mucha carne de venado, tanta que no sabían dónde ponerla. En otra ocasión, le llevaron a que curase a un aborigen que estaba muerto ya, y Cabeza de Vaca lo santiguó y lo sopló, y esa noche resucitó milagrosamente. Poco a poco, empezaron a dominar a los indígenas porque estos creían que Cabeza de Vaca y su grupo tenían el poder de no sólo sanar sino de matar a quienes quisiesen. Y cuando un enfermo no sanaba, Cabeza de Vaca decía que se había comportado mal y, por tanto, Dios se negaba a curarlo. Además de esto, Cabeza de Vaca siempre decía que si creyesen en Dios, podrían ser redimidos.

El cronista admite que todas estas cosas fueron mentiras: «teníamos poder para sanar los enfermos y para matarlos, y otras mentiras aún mayores que éstas» (180). Por tanto, el lector entiende perfectamente que hay motivos ocultos para hacerles creer que sí podían curarlos, matarlos y, lo que es más, que eran hijos del sol o que provenían del cielo. Una parte integral de la colonización fue que el colonizado asimile las tradiciones del colonizador; por tanto, la catequización de América fue muy importante, sino hubiese habido mucha resistencia y hubiese sido demasiado trabajoso colonizar las diversas regiones. Cabeza de Vaca indica que había miles de personas siguiéndolos y queriendo que los sanasen (185). Incluso, había tribus enemigas que se juntaron para alabar a Cabeza de Vaca, la palabra que predicaba y a su grupo porque le tenían miedo. Su temor era tanto que ni siquiera se permitían reír ni llorar en la presencia de estos exploradores españoles (188). Estaban tan manipulados que toda esta gente ayudaba a saquear a los otros pueblos que se resistían. Como autor de esta obra, Cabeza de Vaca se manifiesta en un aborigen, explicando que los rendidos daban dádivas a este grupo de «hombres divinos».

Al fin Cabeza de Vaca había conseguido su meta: «Teníamos con ellos mucha autoridad y gravedad, y para conservar esto, les hablábamos pocas veces» (195). En otra oportunidad, les preguntó «en qué adoraban y sacrificaban, y a quién pedían el agua para sus maizales y a la salud para ellos, respondieron que a un hombre que estaba en el cielo» (210). Afirma que se llamaba Aguar, creador supremo. Cuando Cabeza de Vaca los interrogó sobre él, ellos contestaron que creían en él porque sus antepasados habían compartido esta misma noción. Prosiguió el cronista con una breve lección cristiana: sin haber podido entender o explicar los conceptos complejos de las nociones paganas (por ejemplo, la jerarquía de los dioses) de estos grupos aborígenes debido a la barrera idiomática, Cabeza de Vaca les aseguró que aquel que llamaban Aguar era el mismo que el cristiano llamaba Dios. Luego ordenó a los indígenas que siempre lo llamen Dios y que usen la cruz. Este proselitismo facilitó imponer las ideas del Viejo mundo ante el nuevo y gobernar las diferentes regiones de América. Llegaron a bautizarlos, construyeron iglesias y los cristianos del Viejo mundo adquirieron muchos esclavos (213), ya que todavía no tratarían el tema de la naturaleza y el derecho del indígena, que fue descrita y protegida en las leyes de Burgos, siempre y cuando el indígena aceptase la catequización.

Bibliografía

Núñez Cabeza de Vaca, Álvar. Naufragios. Madrid, España: Ediciones Cátedra, 2005.

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